Sobre un alto acantilado se recortaba la silueta de un guerrero. En su armadura repiqueteaban las gotas de lluvia. Un relámpago iluminó un rostro de ojos almendrados cuyo iris eran tan negros como el azabache. El pelo le caía lacio y oscuro sobre las hombreras de la armadura de esmeralda que lo cubría. El agua le resbalaba desde la bella cimera del casco, tallado con la forma de un dragón en vuelo cuya cola le caía por la espalda, hasta la cara donde unas facciones agradables recogían un gesto duro y terrible de profundo odio. La armadura, llena de espinas y espolones, imitando la piel de un dragón, poseía dos alas que le permitían volar cortas distancias. En el costado izquierdo colgaba una espada de grandes dimensiones. Su gran hoja de brillo diamantino estaba flanqueada por dos enormes dragones con las fauces abiertas dispuestos a hincar sus afilados colmillos en una víctima. Grandes runas indicaban el alto linaje del acero: Flamígera se llamaba.

A lo lejos, otro relámpago cortó el cielo, iluminando el horizonte. Allí apareció ahora un caballo a pleno galope. Melladan hizo girar a su caballo y descendió del risco.
Poco a poco el jinete se acercaba. Tembloroso, miraba de tanto en tanto hacia atrás, como si quisiera huir de algún perseguidor. Al volver la cabeza por enésima vez, el fugitivo cayó del caballo, que se detuvo en seco ante el golpe que había recibido su amo. Con más inteligencia que el caído, el corcel dejó caer un cuerpo pesado que llevaba a su grupa y huyó despavorido. El jinete, un oriental de rasgos torvos, con un plaquín de cuero cruzado por coraza desenvainó el alfanje más grande que Melladan había visto. Retrocediendo hacia el cuerpo que había caído de la montura del oriental, desenvainó la Flamígera, para cortar el avance del fugitivo. Este se mantuvo quieto hasta que Melladan contempló con horror el cuerpo: su prometida, la que iba a convertirse en su reina, yacía sin vida sobre el polvoriento suelo del erial sin nombre. Su rostro reflejó ahora más odio si cabía hacia el inmundo ser que tenía enfrente.
Este no había desaprovechado su ventaja y se había lanzado a la desesperada buscando el cuello de Melladan. Pero el pesado alfanje chocó contra la cola del dragón del casco de esmeralda y vibró fuertemente. Melladan se movió rápidamente y sin dejar de custodiar el cuerpo de su amada, lanzó una serie de mandobles a su enemigo, que este detuvo con gran dificultad.
Finalmente, y cuando las fuerzas del Señor Dragón llegaban al límite, las runas de la Flamígera relumbraron como un farol en una noche sin luna, y volteando la espada como si fuera una guadaña, Melladan cortó en dos a su oponente. La cara del oriental se desencajó en un gesto de horror y agonía cuando notó como su alma se desplazaba hacia el interior de la gran hoja.
Los ojos de los dragones de la empuñadura se encendieron con un furioso fuego carmesí y sus inertes cuerpos comenzaron a moverse. Con un gran ímpetu lanzaron sus fauces contra el infeliz oriental y sus colmillos se clavaron en su carne mientras por sus comisuras se deslizaba su inflamable saliva, que consumió al fugitivo desde dentro.
Antes de que se cumpliera el destino de su oponente, Melladan extrajo la Flamígera del oriental y puso la empuñadura delicadamente en las suaves manos de la mujer que yacía junto a él. La fuerza vital de los dragones se fue apagando mientras renovaba la energía de la joven que despertó llorando.
Abrazados ahora, los dos jóvenes abandonaron el desierto, dejando atrás un pobre montón de cenizas que el viento del erial esparció hasta el infinito...

 

            Autor: Valameldon