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A lo lejos, otro relámpago
cortó el cielo, iluminando el horizonte.
Allí apareció ahora un caballo a pleno
galope. Melladan hizo girar a su caballo y
descendió del risco.
Poco a poco el jinete se
acercaba. Tembloroso, miraba de tanto en
tanto hacia atrás, como si quisiera huir de
algún perseguidor. Al volver la cabeza por
enésima vez, el fugitivo cayó del caballo,
que se detuvo en seco ante el golpe que
había recibido su amo. Con más inteligencia
que el caído, el corcel dejó caer un cuerpo
pesado que llevaba a su grupa y huyó
despavorido. El jinete, un oriental de
rasgos torvos, con un plaquín de cuero
cruzado por coraza desenvainó el alfanje más
grande que Melladan había visto.
Retrocediendo hacia el cuerpo que había
caído de la montura del oriental, desenvainó
la Flamígera, para cortar el avance del
fugitivo. Este se mantuvo quieto hasta que
Melladan contempló con horror el cuerpo: su
prometida, la que iba a convertirse en su
reina, yacía sin vida sobre el polvoriento
suelo del erial sin nombre. Su rostro
reflejó ahora más odio si cabía hacia el
inmundo ser que tenía enfrente.
Este no había desaprovechado su ventaja y se
había lanzado a la desesperada buscando el
cuello de Melladan. Pero el pesado alfanje
chocó contra la cola del dragón del casco de
esmeralda y vibró fuertemente. Melladan se
movió rápidamente y sin dejar de custodiar
el cuerpo de su amada, lanzó una serie de
mandobles a su enemigo, que este detuvo con
gran dificultad.
Finalmente, y cuando las fuerzas del Señor
Dragón llegaban al límite, las runas de la
Flamígera relumbraron como un farol en una
noche sin luna, y volteando la espada como
si fuera una guadaña, Melladan cortó en dos
a su oponente. La cara del oriental se
desencajó en un gesto de horror y agonía
cuando notó como su alma se desplazaba hacia
el interior de la gran hoja.
Los ojos de los dragones de la empuñadura se
encendieron con un furioso fuego carmesí y
sus inertes cuerpos comenzaron a moverse.
Con un gran ímpetu lanzaron sus fauces
contra el infeliz oriental y sus colmillos
se clavaron en su carne mientras por sus
comisuras se deslizaba su inflamable saliva,
que consumió al fugitivo desde dentro.
Antes de que se cumpliera
el destino de su oponente, Melladan extrajo
la Flamígera del oriental y puso la
empuñadura delicadamente en las suaves manos
de la mujer que yacía junto a él. La fuerza
vital de los dragones se fue apagando
mientras renovaba la energía de la joven que
despertó llorando.
Abrazados ahora, los dos jóvenes abandonaron
el desierto, dejando atrás un pobre montón
de cenizas que el viento del erial esparció
hasta el infinito...
Autor: Valameldon
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