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Los reyes le
narraron entre sollozos los
acontecimientos._Ahora sólo
podemos esperar a que salga el
Dragón y la devore _se
lamentaron_. Si alguien pudiera
salvar a nuestra hija se ganaría
nuestra gratitud, la mano de
Andrómeda y el trono de Etiopia.
Perseo
encontró muy ventajoso el trato,
ya que resultaba evidente la
belleza de la joven encadenada y
el reino de los etíopes era rico
y próspero.
Se cubrió
con el mágico casco de la
invisibilidad que le diera
Plutón, dios de los infiernos,
embrazó el brillante escudo
regalo de la diosa Atenea,
divinidades con quienes estaba
emparentado, y con la espada de
diamante que le dejara el dios
Mercurio arremetió contra el
Dragón
Puesto que
el casco le hacia invisible a
Perseo, el monstruo no podía
defenderse, y Andrómeda tampoco
podía adivinar quien pretendía
rescatarla. El semidiós fue
cercenando así la carne del
Dragón, hasta llegar al
corazón, y se lo arrancó.
Luego, se quitó el casco y se
mostró a la bella princesa. Tras
cortar de un tajo las cadenas que
la aprisionaban a la roca, montó
a la joven sobre su alado corcel
y se dirigió a palacio.
Al llegar a
la casa real, sin embargo, los
esperaba una desagradable
sorpresa. Al frente de sus
guerreros, Fineo, antiguo
prometido de Andrómeda, la
reclamaba como esposa. Perseo,
poco dispuesto a perder su bien
ganada recompensa, saco de una
bolsa la cabeza de la Medusa, la
mostró a sus enemigos y la
transformo en piedras.
Así pudo
casarse sin oposición con la
hermosa Andrómeda y tuvieron
varios hijos. De este matrimonio
Alameda, madre del poderoso
Heracles.
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