En Suiza, hace siglos, la reina se echo en su cámara a punto de dar a luz gemelos- la consecuencia de muchos años de vacía espera de unos niños que nunca parecía destinada a concebir. Sonrió al recordar como había consultado a un adivino, que le había asegurado que en menos de un año le serian concedidos dos hermosos hijos, siempre que se comiera dos cebollas frescas cuando volviera a palacio.
Aunque este consejo le había parecido bastante raro, la reina estaba tan emocionada por la oportunidad que se le ofrecía, que se había ido corriendo, ignorando la voz del adivino que salio tras ella llamándola. A su regreso a casa, la reina ordeno que se le trajeran dos cebollas frescas.
La reina estaba tan entusiasmada con la promesa que contenían las cebollas que se comió la primera sin pararse ni siquiera a pelar la piel. No es sorprendente que supiera mal, así que, a pesar de su entusiasmo, dedico tiempo a pelar la segunda, quitando cada capa de piel antes de comérsela.

Habían pasado nueve meses desde entonces, y ahora, precisamente como predijo el adivino, sus tan deseados hijos estaban a punto de nacer.
Los cortesanos y empleados de palacio esperaban impacientes el anuncio oficial del nacimiento de los nuevos príncipes. De repente, un grito ensordecedor retumbo en la cámara. Pero no se trataba del grito sano de un recién nacido, era un grito de horror, un chillido que surgió de la garganta de la comadrona real cuando sus ojos se detuvieron a mirar al primer hijo de la reina. Era varón – pero no era humano. La reina había dado a luz a un Lindorm, un horrible dragón con forma de serpiente, cuyo cuerpo sin alas sacudía el suelo de mármol con espirales escamosas, y de cuyos hombros surgían un par de poderosas extremidades con garras en los pies. La reina sintió tal repulsión por la criatura que ni siquiera pudo susurrar, por no hablar de sus gritos, se apoyo, cogió al recién nacido lindorm con sus manos y lo arrojo por la ventana al denso bosque que rodeaba el palacio.
Debilitada por el esfuerzo, la reina se arrellano en la cama y dio a luz otra vez, esta vez a un niño perfectamente sano y lozano.
Los años pasaron, y el niño se convirtió en un joven príncipe en busca de novia, pero lo que encontró fue a su hermano, el Lindorm. El príncipe estaba cabalgando por los bordes del extenso bosque que rodeaba el palacio cuando, sin previo aviso, una enorme cabeza surgió de un arbusto espinoso, para ponerse justo delante de el. Alzándose hasta que su cuerpo de escamas verdes se pareció a un imponente árbol, el Lindorm miro fijamente al joven de ojos ámbar impasibles que penetraban en sus pensamientos mas profundos. Y mientras el príncipe sostenía la mirada, fascinado e inmóvil, oyó su voz, asegurándole con indiferencia fría de reptil y certeza, que nunca encontraría esposa hasta que el, el hermano mayor, hubiese encontrado el verdadero amos de una novia dispuesta.
En consecuencia, a lo largo de los meses siguientes, se ofreció al Lindorm, una serie de doncellas del pueblo, con la esperanza de superar este obstáculo en la búsqueda de novia por parte del joven. Ni que decir tiene que ninguna de las doncellas vinieron por propia voluntad, sin embargo, ninguna fue aceptada por el monstruo. La situación parecía irremediable, hasta que la siguiente doncella elegida como novia del Lindorm, tuvo la buena suerte de encontrarse con el mismo adivino al que la reina había consultado hacia muchos años. Después de escuchar las palabras de la doncella acerca de su inminente situación, el adivino le susurro al oído unas cuantas palabras que velozmente sustituyeron su tristeza por una sonrisa de deleite.

Esa noche, la doncella fue llevada ante el Lindorm, que le dijo bruscamente que se quitara los numerosos vestidos que sorprendentemente llevaba puestos. Ella accedió a hacerlo, pero solo si tenia la promesa del Lindorm de que por cada vestido que se quitara, el se desprendería de una capa de piel. El Lindorm accedió, hasta que solo quedaba una capa, y hasta que la doncella solo estaba ataviada con una prenda de ropa.
A pesar de que recordaba las palabras del adivino, se quito el último vestido con nerviosismo y se quedo desnuda ante el gran dragón. El Lindorm se acerco a ella, y la doncella se puso tensa, temiendo, pero a la vez deseando lo que estaba por llegar, pues si el adivino había dicho la verdad, habría mucha felicidad y mucho amor por delante. Y así, permaneció erguida e inmóvil mientras que el monstruo serpenteante envolvía su cuerpo lentamente, casi tiernamente, con sus espirales escamosas. Esperaba que estuvieran frías y viscosas, pero se vio gratamente sorprendida por su calor y suavidad cuando la abrazaron y acariciaron. No obstante sintió una chispa de terror que crecía en su interior y un deseo de huir. Entonces, las palabras del adivino volvieron a su mente, calmándola, y volvió a relajarse.
Al mirar a su alrededor, se dio cuenta que la ultima capa de piel del Lindorm era tan delgada que resultaba casi transparente y comenzaba a pelarse, plegándose sobre si misma como un grupo de hojas marchitas. Al mismo tiempo, apareció una extraña neblina verde que rodeo al Lindorm, hasta que noto su presencia por el abrazo de un sinuoso cuerpo. La neblina se fue dispersando paulatinamente y descubrió que ya no estaba rodeada por las espirales serpentinas de un Lindorm, sino por los firmes brazos del hombre mas apuesto que jamás hubiera visto.
El adivino había dicho la verdad. Siguiendo sus indicaciones, la doncella había deshecho el hechizo, y allí se encontraba el príncipe mayor, heredero al trono, para el cual seria una novia perfecta.
El gozoso matrimonio tuvo lugar sin mas demora, y después de que la vieja reina hubiera dado su bendición a los recién casados, ya rey y reina, sintió un suave golpe en su hombro. Era el adivino, que le revelo la información que la reina no había oído años atrás – que se asegurara de que pelaba las cebollas antes de comérselas-