La pacifica y tranquila villa de Montblanc vivía feliz. La gobernaba un rey bueno y prudente y gozaba de una saneada economía. El rey tenía una hija muy bella que era querida y respetada por todos. El único inconveniente era que los ciudadanos de la villa no demostraban ser demasiado piadosos y se olvidaban con frecuencia de hacer ofrendas a los dioses, lo que disgustaba considerablemente a los sacerdotes paganos.

Cuenta la leyenda que un día salio de las aguas del río un enorme Dragón de relucientes escamas verde-azuladas. La horrenda bestia se presento ante los atemorizados habitantes y les hablo de la siguiente manera:

- Cada mes deberéis entregarme una hermosa y joven virgen que me sirva de alimento- canturreo con voz musical el Dragón- o en caso contrario destruiré vuestras moradas y vuestros campos, vuestras cosechas y todo el ganado. Si me obedeces, prometo que no atacare a nadie y os dejare vivir en paz.

Aterrorizados, los lugareños corrieron al palacio y allí explicaron al rey su desgracia. Con profundo pesar, este tuvo que aceptar las condiciones del Dragón. En vano suplicaron los vecinos a los dioses que los librara del

temible monstruo, y en vano los sacerdotes de cultos paganos realizaron sacrificios y ofrendas a las divinidades para que acabaran con la amenaza. Pasaban los meses, y cada lunes una joven virgen era entregada al hambriento Dragón.

La situación se tornó insostenible. En los hogares en los que no se lloraba una muerte se temía por el destino de las jóvenes, y estas se arrojaban en brazos del primer hombre que pasara para perder la condición de doncellas. Las que eran designadas como próximas victimas debían ser encerradas y severamente custodiadas para evitar que se dieran muerte antes de someterse a tan terrible final.

Al cabo de poco tiempo, las doncellas escaseaban, y los únicos que se mostraban satisfechos eran los sacerdotes paganos, que veían acrecentarse la piedad del pueblo y aumentar las ofrendas a los dioses.

Llegado el mes de abril, cuando casi había transcurrido un año desde la llegada del monstruo, la muerte designo como victima a la hija del rey, ya que había querido ser una mas en el sorteo de las jóvenes destinadas al sacrificio.

Resignada, la joven, que hacia poco se había convertido al cristianismo, paso la noche en oración y por la mañana, ataviada con una blanca túnica y coronada de flores, se despidió de sus desesperados padres y de los llorosos aldeanos. Con la entereza que le daba su fe y llena de confianza en la Virgen Maria, la doncella se encamino en solitario hacia la morada del Dragón y esperó rezando su inminente sacrificio.

La leyenda sigue explicando que los ciudadanos, quienes desde las murallas esperaban que el monstruo saliera de la caverna y así poder contemplar la tragedia, vieron llegar a un caballero desconocido que se acercaba a galope sobre un blanco corcel de crines plateadas. Cuentan que sus armas  refulgían como la plata y que su manto era rojo como la brasa. En el escudo figuraba como insignia una cruz roja sobre campo de oro.

Sin desmontar ni refrenar su caballo, el desconocido arremetió contra la fiera que, sometida por el poder del resplandeciente jinete, retrocedió y se tumbo mansamente.

- Mi señora- dijo el desconocido-. Atad la cinta de vuestro vestido al cuello del Dragón y este nos seguirá dócilmente.

Así lo hizo la joven sin ningún temor, y el animal se dejo conducir sin ofrecer resistencia.

El extraño cortejo se dirigió a la puerta de la villa, donde los habitantes esperaban llenos de estupefacción.

La doncella corrió a abrazar a sus padres, mientras los sacerdotes paganos se jactaban de haber vencido al monstruo con sus ofrendas y rituales.

El caballero pidió silencio y todo el pueblo presto atención a las palabras del misterioso y valiente salvador-

- Soy jorge, soldado de cristo- dijo- y, a el estoy consagrado. Esta joven cristiana pidió ayuda a Maria y a su hijo, el Redentor, y por eso recibí la misión de librarla de la muerte. Que la Cruz que os ha salvado corone por siempre esta villa. Abandonad los falsos ídolos y no deberéis temer nunca mas al Dragón.

Y como prueba de lo que decía, el joven trazo sobre el amansado monstruo la señal de la Cruz. Inmediatamente, el animal se transformo en un rosal de rosas tan rojas como la sangre.

Todavía hoy en Cataluña, el nombre de San Jorge va asociado a las rosas rojas, en recuerdo del caballero que acabo para siempre con el temido Dragón.