Dice una antigua leyenda que en la Alta Edad Media, vivía en un lago del sur de Francia un gran Dragón acuático de color azul y de aceradas escamas al que llamaban la Tarasca. Las gentes del lugar se sentían atemorizadas por la presencia del monstruo, que de vez en cuando, como es costumbre entre los Dragones de Agua, salía del lago para devorar una doncella.

Los aldeanos no sabían que hacer para librarse de la Tarasca.  Nadie podía reunir el valor suficiente para luchar contra ella, y ni siquiera había quien se atreviera a hablar con el monstruo para negociar una tregua. Finalmente, se decidió enviar emisarios a la corte del rey de Francia, pero el monarca tenia problemas demasiado serios que resolver, como para ocuparse de una aldea tan alejada de la capital. Tampoco los caballeros de la corte se interesaron por el asunto. El Dragón no guardaba tesoros que despertaran la ambición de los guerreros, ni mantenía prisionera ninguna Princesa a la que pudieran liberar para ganarse el honor y la fama. “ La Tarasca solo devora a humildes campesinas ignorantes y llenas de mugre”. Los torneos y las justas resultan mas provechosos”, pensaban los “valientes” caballeros.

 

Desesperados, los lugareños se reunieron para deliberar sobre la conveniencia de abandonar la aldea, ante la imposibilidad de acabar con el monstruo. Se encontraban todos en acalorada discusión cuando acertó a pasar por allí santa Marta, una hermosa joven que era conocida y venerada en la región por su bondad y gentileza.

Los mas viejos del lugar vieron en ella un señal del destino, y fueron a su encuentro para pedirle ayuda con grandes ruegos.

Ante la insistencia y las suplicas de los aldeanos, la joven se ofreció para capturar a la Tarasca, pero puso una condición.

- Decid lo que necesitáis, bondadosa santa- accedieron las gentes del lugar.

- Solo quiero que roguéis a Dios durante tres días para que me permita acabar con la Tarasca- respondió Marta.

Los aldeanos cumplieron la condición, y esperaron llenos de fe a que se hiciera el milagro que los salvaría para siempre de la maldición.

Así, una mañana se dirigió la santa hacia el lago donde tenia su morada la Tarasca, quien por otra parte, era muy amante de la música pese a su fiereza.

La bella joven se sentó en la orilla y empezó a cantar loas a Dios y a la Virgen Maria con hermosa y calida voz. Cautivada por la dulzura del canto, la Tarasca salio del agua y se tumbo a los pies de Marta, quien se apresuro a ligarle una cinta en torno al cuello sin que el monstruo opusiera resistencia. El Dragón quedo totalmente amansado, y santa María pudo conducirlo sin dificultad a la aldea, donde fue muerto por los campesinos.

En memoria de este hecho, la región donde vivía la Tarasca recibió el nombre de Tarascón.