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Hace mucho, mucho tiempo, en un lejano país, vivió un
caballero nacido para matar al dragón.
Descendiente del más deslumbrante linaje, el caballero
Jorge siempre supo que su destino estaba ligado a la
muerte de un dragón, del mismo modo que el de su padre
antes de él, y el de su abuelo antes que su padre, y así
hasta el principio de su estirpe. Su carácter sin
embargo contrastaba con el de sus ascendientes, pues ya
desde su infancia, y con especial énfasis durante la
adolescencia, hizo gala de una personalidad atormentada
y de trato difícil. En ocasiones durante horas, incluso
días, se encerraba sin querer ver a nadie, so pena de
recibir vejatorios gritos e insultos. Su familia
aprendió pronto a dejarlo solo en tales circunstancias.
Cuando cumplió la mayoría de edad fue obsequiado con la
armadura de la familia, especialmente diseñada para
soportar altas temperaturas, y la espada más poderosa
jamás forjada, capaz de atravesar la cabeza de un dragón
de un solo golpe. Vestido de esta guisa y despedido únicamente por su
familia, Jorge abandonó la fortaleza para iniciar la
búsqueda de su dragón. Lejanos quedaban ya los gloriosos
días en que éstos abundaban cerca del castillo, y el
temor del pueblo a sus ataques los convertían en héroes
aclamados por la multitud. Tiempos aquellos en los que
los caballeros podían permitirse el lujo de elegir el
dragón que decapitar. Sin embargo, en la época que a
Jorge le había tocado vivir, para su desgracia, era él
quién tenía que salir en busca de su destino allá donde
se encontrase, pues no podía esquivarlo.
Partió en primavera, cuando el buen tiempo
apenas había hecho su aparición, y se dirigió a
las tierras del este, pues fama tenían de haber
sido residencia de dragones en el pasado, y las
recorrió por completo, pero no encontró animal
que superase en tamaño a su caballo. Se dirigió
a continuación a las tierras del norte,
aprovechando la llegada del verano, pues en
ellas el calor era aún soportable. Subió
montañas, cruzó lagos, atravesó valles, pero
nada encontró. Con el otoño se dirigió a las
tierras del sur, allá donde las rocas cubrían
todo el paisaje, y ni una sola hoja podría ver
caer. La desesperación comenzó a hacer mella en
él a medida que iba pasando el tiempo y no
conseguía encontrar indicio alguno de dragón.
Gritaba al cielo culpándole de su desgracia,
destrozaba árboles con su espada para calmar su
ira, y los pequeños animales que le encontraban
de esta guisa huían despavoridos para evitar ser
ensartados. Con todo el reino recorrido, pues
del oeste es de donde venía y sabía con
seguridad que allí no encontraría nada, y
sintiéndose profundamente desdichado, el
caballero volvió a su casa donde se encerró
durante una semana sin querer contar nada sobre
su fracasada campaña. Al cabo, con los ojos
hundidos confesó a su padre que no había
conseguido encontrar dragón alguno en todo el
reino. Famoso por su sabiduría, éste le
aconsejó que se dirigiera a consultar al mago que
habitaba en palacio, pues no era esta la primera vez que
se hacían difíciles de encontrar, y sólo él podría
enseñarle el camino para cumplir con su destino. |
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Cuando llegó a palacio el mago estaba esperándole, y sin
mediar palabra le situó junto a un gran espejo.
-Mirad en esta mi ventana de poder- le dijo- y
encontraréis lo que buscáis.
El caballero se colocó según le fue indicado, y de
repente vió aparecer un gran dragón mirándole fijamente.
Sorprendido, pues no esperaba encontrarlo tan cerca,
desenvainó impulsivamente su espada, para contemplar
estupefacto como la imagen del espejo hacía lo propio.
-¡¿Qué está sucediendo aquí?!- gritó el caballero.
-Guardad vuestra espada, pues no puede heriros si vos no
queréis.
Sin conseguir entender obedeció, contemplando como el
reflejo le imitaba.
-Ahí tenéis vuestro dragón,-señaló el mago- siempre
estuvo con vos, porque el último ejemplar de la más
poderosa especie que jamás ha existido, se encuentra en
vuestro interior.
El caballero no podía dar crédito a las palabras del
mago, y cómo si de una mala comida se tratara, se veía
incapaz de digerirlas.
-¿Cómo puede un animal de semejante tamaño habitar
dentro de mí?- inquirió el caballero.
-No subestiméis su poder. Son seres mágicos que los
humanos nunca hemos llegado a comprender. El dragón de
vuestro interior es el último de su especie. Ha
sacrificado su libertad a cambio de la supervivencia. Ha
elegido vuestra estirpe porque sabe que sois orgullosos
y fuertes, y podréis soportar su existencia.
-¿Cómo puedo matarlo?- preguntó ansioso el caballero.
-No podéis herirle sin sangrar vos. No podéis matarlo
sin acabar a la vez con vuestra propia vida.
El caballero se dirigió al mago con indignación.
-¡Estáis loco, y con vuestra locura me ponéis en
peligro!- y con un rápido movimiento de su espada
certificó el silencio del mago degollándolo.
Con gran cuidado ocultó cualquier prueba que pudiera
inculparle, y el único que podría haber hablado en
contra del caballero, su propio padre, prefirió callar
sus sospechas, y aceptó la versión según la cuál, al
llegar, el mago ya estaba muerto.
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