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Érase que se era, en un lejano lugar, una inquieta
población angustiada de tanto esperar.
Esperaban que el dragón que rondaba la ciudad, se
cansara de comer arroz y los quisiera devorar.
Pero el dragón muy malvado no los quería escuchar y
exclamó alborozado:
-¡Menuda panchada me voy a dar!
Las gentes huían espantadas, despavoridas
abandonaban la ciudad, buscando cobijo en el
castillo, deseando que el rey los pudiera salvar.
Mas el anciano soberano no podía su sable empuñar.
El dragón era una bestia enorme y él ya viejo para
batallar.
Pero por suerte su hija, la bella e inteligente
Flor, calmó el llanto de sus súbditos y les prometió
protección.
Valiente como una espada, inteligente como Merlín,
brava como una fiera, suave como el jazmín.
Así era la hija del soberano, la Flor de aquel
triste jardín que con sus mejores galas de palacio
tuvo que salir
Caminó pausadamente y recorrió el largo sendero que
la llevaría hasta la gruta, terrible como el mismo
infierno.
La cueva era apestosa, pequeña, húmeda y marrón y
olía a humo y a fuego. Horrorizada asió su zurrón
-Aun puedo volver- pensó- Aun no todo está perdido.
Puedo ocultarme en el bosque y decir que nada he
podido.
Tras mucho meditar, a las puertas de la caverna, el
deber la volvió a arrastrar y el valor volvió a
poseerla.
Un primer paso dio, un pasito muy cortito. El umbral
de la cueva atravesó y se sumergió en el abismo.
Miles de sombras danzaban entre la oscuridad de la
gruta. ¿Eran fantasmas o espectros,
o eran hechizos de brujas?
Los dientes le castañeteaban, el sudor le iba a
inundar. Las piernas le temblequeaban y no podía
respirar.
¿Hay alguien en la cueva? -se atrevió por fin a
gritar. Por respuesta una llamarada del abismo
comenzó a brotar.
-¿Quien se atreve a estas horas a mi digestión
interrumpir? ¡Como seas comestible de postre me vas
a servir!
Flor quedó paralizada. El miedo le impedía
contestar, le impedía mover las piernas y correr
para escapar.
Así que se quedó en su sitio, rodeada de
oscuridad, de olores nauseabundos y de frío y de
humedad.
Unos pasos se aproximaban, haciendo la cueva
retumbar, a la hija de un soberano que estaba a
punto de llorar.
-¡Qué visita más estupenda! -exclamó el dragón
al llegar. ¡Una jovencita tierna para la hora de
merendar!
Tenía las horas contadas. ¡Flor lo sabía muy
bien! O su terror espantaba o se la comería con
miel.
-¡Traigo un presente de mi padre! dijo
intentándose relajar- Es para que te diviertas y no
quieras atacarnos más.
-¿Qué presente ese tan maravilloso que puede él
solo lograr que un dragón apestoso no quiera humanos
matar?
¿Es acaso una pócima que preparaba el mago
Merlín, o un prodigio de otros mundos que aun están
por descubrir?
Algo muy fabuloso me deberás entregar, Si
quieres realizar el milagro de convertir la maldad
en bondad.
El dragón escudriñaba el bolso de la pequeña
Flor, intentado descubrir el artilugio oculto en el
interior del zurrón.
-Si me ofrecieras una silla, y un caldo o un
tentempié, ya más tranquila te mostraría el presente
que te anuncié.
El dragón escupió fuego, un poco antes de
aceptar, para indicarle a la niña que con él no se
debe jugar.
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Así que Flor y un dragón peligroso, por un
oscuro corredor echaron a andar. El se relamía
en silencio, ella no dejaba de temblar.
Por fin alcanzaron una estancia, con una silla,
un perol y mucho hollín y con las paredes
mugrientas y con un asqueroso candil.
-Esa perola que hierve- dijo el dragón
escupiendo sin parar- está aguardando por una
niña que Flor bien se podía llamar.
-Aguarda no te apresures- dijo la joven
secándose el sudor- pues cuando te entregue mi
regalo ya no querrás cometer tal horror.
Desearás una sopa jardinera, con guisantes,
zanahorias y una col y me invitarás a un buen
plato y después lavarás el perol.
Muchas dudas abrigaba, el perversísimo dragón,
de que un simple regalo lograra cambiar su
brutal condición.
Mas la intriga le carcomía y le cortaba la
respiración y cuando quería vomitar llamas solo
le brotaba un fastidioso vapor.
-¡Vamos al grano niña! ¡Qué ya no me puedo
aguantar! ¡A ver ese artefacto precioso que me
vas a regalar!
Flor ocupó la silla, cercana al sucio perol y
con calma simulada, sacó el regaló del zurrón.
Un rectángulo de piel en su regazo acomodó.
Tenía pastas y hojas. Era un libro ¡Si, señor!
¡Grrrr!- rugió el dragón enfadado contemplando
la traición.- ¿Con esta birria de regalo
intentabas calmar mi mal humor?
Pues ahora estoy hecho una fiera, estupidísima
Flor, y como el agua está aun hirviendo, te voy
a sumergir en el perol.
La niña aterrorizada, abandonó la silla de un
salto. Busco por los alrededores un lugar donde
ponerse a salvo.
Pero la caverna maldita estaba muy bien
diseñada. ¡Ningún rincón donde ocultarse!
¡Ninguna rendija! ¡Nada!
Solo le restaba hablar si quería salvar el
pellejo, intentar convencer al dragón, dejarlo
con palabras perplejo.
-¡Escucha, amable dragón! Escucha lo que te
digo. El regalo que te traigo es digno de estar
contigo.
Es un maravilloso libro de cuentos de tus
congéneres entregado a mi padre por un duende
muy sui generis
Era un duende peligroso porque tenía dos cuernos
y lucía un extraño rabo y aborrecía los cuentos.
En premio a la ayuda que mi padre le había
prestado, le entregó este excelso volumen que
contagia paz al ojearlo
El humeante dragón arrancó el libro a la niña y
las páginas pasó calmando un poco su ira
Pero cuando remató este sencillo ojeo, otra vez
se enfureció y berrreó como un poseso.
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-¡Las fotos son muy bonitas! ¡Mas a mi no me
gusta leer! Y aunque hable de otros dragones, es
muy gordo ¡Jamás lo terminaré!
-Flor pensó muy aprisa. Su mente comenzó a
trabajar y con una amplia sonrisa, se precipitó
a declarar:
-No te preocupes
por eso. Yo no tengo nada que hacer. ¡Te ofrezco
mis servicios! ¡Estos cuentos te puedo leer!
El dragón se lo pensó un rato. No era fácil de
convencer, o bien escuchaba el relato, o se
comía a Flor de una vez.
-¡Bien, pienso que no hay problema por demorar
la comida, sino me gusta el relato de un bocado
te meto en mi tripa.
Haciendo acopio de fuerzas, la garganta aclaró,
se pasó la mano por la frente y puso dulce la
voz.
- Con una sonrisa en los labios y una lágrima en
el corazón, abrió la portada del libro.
Esta historieta leyó.
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- Érase que se era un dragón muy despistado. De
tan despistado que era siempre andaba
extraviado.
Un día que se perdió, en el bosque de las hadas,
a un enano se encontró que le llamaban
Tragaldabas.
Tragaldabas tenía hambre, como era costumbre en
él e iba cantando enfadado: -¿Quién podrá darme
de comer?
El dragón muy despistado, sin verlo lo rebasó,
hasta que escuchó un alarido tan bruto que lo
sobresaltó.
-¡Maldito dragón despistado! ¡Me has pegado un
pisotón! Si no fuera porque tengo hambre me
vengaría ¡Por mi honor!
-Lo siento- dijo extrañado, el gigantesco
dragón, al ver como un enano osaba alzarle sin
temor la voz-
Soy un dragón despistado y siento haberte dado
un pisotón pero no tienes derecho a hablarme en
ese tono bravucón.
No olvides que eres enano y yo un gigantesco
dragón y te puedo lanzar una llama y dejarte
hecho un tizón.
-¡Caray con el dragoncito!- murmuró
Tragaldabas.- Hay que hablarle despacito no vaya
a ser que el maldito me suelte una buena patada.
-Estimadísimo dragón, se presenta Tragaldabas,
el enano más tragón pero de buen corazón y amigo
de todas las hadas.
El despistado dragón quiso a su vez presentarse
pero su memoria falló y aunque lo intentó e
intentó, de su nombre no consiguió acordarse.
-¡Menudo un problemazo que tiene este dragón! No
acordarse de su nombre, ni del lugar donde
nació.
Amadísimo amigo, creo os puedo ayudar. A cambio
de mis servicios, este manjar me habréis de
asar.
-Queridísimo Tragaldabas, ¿es acaso eso verdad?
¿Me acordaré de mi nombre de mi origen, de mi
hogar?
-¡Eso está hecho, muchacho! No olvides que soy
genial. Utilizando mis contactos, nada me puede
fallar.
Y Tragaldabas se frotaba las manos saboreando ya
el manjar mientras llamaba a gritos al inspector
del lugar.
Una hormiga muy ufana, muy pequeña y muy sagaz,
se presentó al momento y se prestó a colaborar.
-¡Soy de la policía! Inspector para más aclarar.
Jamás se me escapa nada de lo que sucede en este
lugar.
Tragaldabas y la hormiguita cuchicheaban sin
parar. El dragón despistado, afinaba el oído
para escuchar.
Cuando acabó el parlamento, el inspector a todos
saludó, llevándose la mano a la frente y en un
periquete desapareció.
-¡Todo está arreglado!- Tragaldabas declaró-
Dame solo unos minutos y aunque no te lo creas
mucho, tu problema se acabó.
-¡Es estupendo, genial! gritaba el dragón
despistado-
- ¿Qué pócima inventará, o que conjuro formulará,
o a que magia invocará, para que este agradecido
dragón, de una sola lección deje de ser
despistado?
-¡Tragaldabas en acción es de lo mejorcito del
barrio! Acerca tu cuello a mi y verás como por
fin tus dificultades habrán terminado.
Así lo hizo el dragón, expectante y emocionado,
aguardando por la magia que le había asegurado.
Mas nada de magia brotó de manos de Tragaldabas
y lo único que pasó es que al cuello le colgó
una placa de hojalata.
-¿Qué es esto? -gritó el dragón espantado por el
colgante- ¿Es esta la solución de este enano
repugnante?
-Así es, señor dragón. La hormiguita me ha
contado que tu nombre es Ramón que provienes del
Japón y todo está ahí apuntado.
-¡Esto no es magia ni es nada! ¡No pienso
hacerte un asado! ¡No recuerdo como se hacen las
llamas! ¡Aun sigo siendo despistado!
Y así se marchó Ramón, abandonó el bosque de las
hadas en dirección a Japón, con una placa en el
corazón e insultando a Tragaldabas
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La
voz de Flor se agotó. El relató había concluido.
El dragón no dijo nada, permanecía pensativo. Hasta que
al final saltó y bramó hecho un basilisco.
-¡Ves como tengo razón! Ya nadie respeta a un dragón si
no ruge enfurecido.
No entiendo como este Ramón, en vez de marchar al Japón,
no se comió al enano guasón, como voy a hacer yo.
Flor comenzó a hablar. ¡No había tiempo que perder! Otra
historia debía contar si quería conservar la piel.
-Puede que tengas razón. Era muy extraño el relato pero
me da el corazón, que este que está en color, es
bastante mejor.
El dragón se tranquilizó. Ocupó de nuevo su banco. Con
la lengua se relamió, observó golosamente a Flor pero
decidió escuchar otro rato.
Érase que se era en un hermoso lugar, un caballero
gallardo, al que todos llamaban Juan.
Juan venía una tarde en su caballo de pescar, cuando se
topó con una rana que no dejaba de protestar.
-¿Que tienes ranita hermosa? Que no dejas de llorar. Yo
soy Juan, un caballero gallardo
y aunque de mente tardo y aunque algo estrafalario, a
las doncellas me gusta ayudar.
Son una ranita encantada, hechizada y engañada, por una
bruja malvada montada en un corcel.
-¡Esa noticia me asombra! Pensé que siempre era norma de
las brujas obligada, volar por lo aires en escoba, bien
robada o regalada.
-No tiene mayor importancia- replicó la ranita- si van
en corcel, en escoba, en avión o a patitas.
Lo único importante, es que si te descuidas te calcan,
un hechizo ultrajante del modo más repugnante y sin
apenas enterarte te han convertido en rana.
¡Es francamente humillante! -¡Estás en lo cierto,
batracio!- exclamó el gallardo Juan-
Hay tanto canalla suelto que si no anda uno despierto y
se descuida un momento, te convierten en asquerosa rana.
¡Pero esto ha de acabar! ¡Pongo mis armas al servicio de
esta lucha tan cabal! ¡
Es el fin de ranas tan untuosas, de situación tan
engorrosa, de magia tan poco honrosa, de anfibios en
general!
-¡Pero qué dice este memo! Le escucho y me muero de
risa. Le pido que me preste ayuda y si me despisto me
pisa.
-No quiero que hagas nada en contra de los batracios.
Solo quiero que conjures la magia que me ha hechizado.
-¡Me alegro, querida mía, que ese punto esté aclarado
porque ahora mismo me meto de lleno en este fregado!
La voz del dragón interrumpió, de repente, este cuento.
-Una rana asquerosa, un caballero algo memo. ¿Qué clase
de bobada es ésta? ¡Mira que no lo consiento!
¿Donde está el dragón que antes me has prometido? Estoy
aguantando un tostón y no olvides que no he comido
-Ten paciencia, dragón, -dijo Flor algo angustiada.
La bestia tenía razón, el rollo era superior y no
conducía a nada.
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La niña continuó cada vez más trastornada. ¿A
donde iría a parar la historia del bueno de Juan
y de la rana encantada?
El caballero Juan se apeó de los lomos del
caballo y hacia la rana se inclinó y al despiste
la besó en sus labios encarnados.
¡Menudo asco pasó! Pero no tenía más opción que
comportarse como un señor y besar aquel horror
para deshacer el encanto.
De repente la rana creció, creció y creció más
que un barco.
Al bueno de Juan sombra dio y le produjo gran
sobresalto.
No era la rana princesa, ni condesa, ni duquesa,
como se había imaginado.
Era una enorme dragona, bastante fea y tripona,
con una capa de lona que lo miraba zalamera.
-¡Adiós mundo cruel, adiós! -se despidió Juan
del mundo al contemplar una boca que se le
acercaba mucho-
De un bocado desapareció un gallardo caballero
que desde aquel momento reinó
en la tripa de un dragón que jamás lo escupió y
lo digirió con esmero.
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-¡Bravo, bravo, bestial! Esto si que es un relato
Con un grandioso final, con intriga y con encanto.
Puedes continuar.
Flor resopló hondo algo más aliviada. ¡Con otro
relato morboso seguro estaría salvada! |
Cuento enviado por: Mar Torres
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Autor: Milagros Oya Martinez
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